#Weekendtrails: El Citlaltépetl

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El Citlaltépetl, mejor conocido como el Pico de Orizaba, es con sus casi 5,700 metros de altura, la cumbre más alta de todo México y la tercera más alta de América del Norte (después de Denali en Alaska y Mount Logan en Canadá). Es un majestuoso volcán dormido cuyas vistas nos hicieron viajar hacia el interior de nosotros mismos.

Viajamos lo más temprano que pudimos el viernes desde la CDMX a Tlachichuca, Puebla, donde rentamos parte de nuestro equipo de montaña con Don Joaquín Canchola (crampones, piolets, arneses y cascos), con la intención de llegar al refugio de Piedra Grande (4,200 metros) antes de que cayera la noche. Debido a que nos atascamos en lodo y a factores relacionados con las malas condiciones del camino, llegamos cuando ya estaba oscuro. Al estar armando nuestro campamento, fuimos de pronto testigos del cielo más lleno de estrellas que probablemente jamás habíamos presenciado.

Era importante llegar desde el viernes a Piedra Grande para iniciar nuestro proceso de aclimatación. El mal de altura es la amenaza más latente para cualquier montañista que decide subir a semejantes lugares y la única forma de vencerlo es acostumbrando al cuerpo en la mayor medida posible a dichas condiciones. Desde que llegamos, se sintió el cambio de altura; tareas sencillas como caminar unos pasos de subida o cargar una maleta se vuelven de pronto mucho más pesadas.

campamento base pico de orizaba

El sábado despertamos tarde y aprovechamos la mañana para sacar algunos pendientes. La idea fue también estar tranquilos y dar oportunidad al cuerpo de generar sus cambios internos necesarios para adaptarnos. Después de comer algo, a horas tempranas de la tarde, tocó hacer un ascenso parcial de la montaña. Fue algo muy esperado, ya que es muy tentador tener la montaña ahí al lado, tan cerca, invitando a explorar sus laderas. Tomamos el equipo más provisiones necesarias y comenzamos a caminar hacia arriba.

Este ascenso fue también parte del proceso de aclimatación: preparar al cuerpo con una pequeña probada de lo que vendría la mañana siguiente. Subimos la primera parte, a la cual llamaremos el arenal rocoso, porque es justo lo que es. Nos tomó casi 2 horas subir esta parte y pasar los llamados "nidos", hasta llegar al inicio de la segunda etapa de la montaña, llamada "el laberinto". Ahí apreciamos las impresionantes vistas y comenzamos el retorno. Fue un buen ejercicio; al día siguiente saldríamos a las 4 de la mañana rumbo a la cima.

Después de muchos preparativos de comida y equipo, nos fuimos a dormir alrededor de las 8:30 de la noche. A las 2 am estaban ya sonando las alarmas para desarmar el campamento, preparar las provisiones, desayunar algo y salir rumbo a la empinada oscuridad. Subimos nuevamente por el arenal rocoso, mismo que nos tomó un poco más de lo esperado por habernos desviado levemente del camino por la falta de luz. Alrededor de las 6:30 de la mañana íbamos llegando al laberinto y ya era inminente el amanecer.

La luz solar iluminó el paisaje semi-lunar, revelando también que estaba semi-congelado. Eso elevó el nivel de dificultad, ya que el laberinto ya no es arenoso, sino pura piedra y hielo, combinación altamente resbalosa. Hubo que estar muy alertas y escalar algunas pendientes retadoras, pero logramos pasar esta área sin mayor problema. Ya con el Sol bien afuera, nos aproximamos a la parte más mítica del ascenso: el glaciar de Jamapa.

El glaciar marca los últimos 500-600 metros del Citlaltépetl, pero éstos se recorren de forma mucho más lenta y gradual, por la muy pronunciada pendiente, así como por ser puro hielo, nieve y por las agresivas ráfagas de viento. Tuvimos algunos problemas con los crampones de un miembro del equipo y ello nos trajo un retraso considerable en la hora que comenzamos el ascenso por el glaciar. Subimos los 4 exploradores unidos por una cuerda atada a nuestros arneses como medida de seguridad en caso de que alguien se cayera. Subimos, subimos y subimos, sintiendo que progresábamos pero luego descubriendo que aún nos quedaba un largo camino por recorrer.

No logramos llegar hasta la cima en esta ocasión, debido a que personas en el equipo no se sintieron al 100%, pero eso no quitó que fuéramos testigos de un paisaje único en México. Al voltear a nuestra izquierda podíamos ver a lo lejos el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y a La Malinche. A la derecha se veía todo el valle formado a las faldas del Citlaltépetl, cubierto ya en nubes que se aproximaban. Con esa imagen gloriosa fue con la que nos quedamos y emprendimos el descenso.

Fotos x @maudac / @ememorato / @jpamaynex /

Texto x @ememorato

Video x @jpamaynex

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